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Fotovoltaica: el nuevo capítulo de la transición energética

Insights Fotovoltaica: el nuevo capítulo de la transición energética

La energía solar fotovoltaica se ha consolidado como uno de los pilares de la transición energética. En España, su crecimiento ha sido sostenido y de gran alcance: cerramos 2025 con más de 8,7 GW de autoconsumo acumulado, y el Plan Nacional Integrado de Energía y Clima (PNIEC) fija un objetivo ambicioso de 19 GW para 2030, junto con 76 GW de fotovoltaica total y 22,5 GW de almacenamiento. Traducido a ritmo de despliegue, el país debe triplicar la velocidad de puesta en marcha de proyectos en los próximos años, y hacerlo con más inteligencia que nunca: no solo instalar, sino integrar y operar con criterios de estabilidad de red, eficiencia y sostenibilidad.

Ese cambio de fase se ha visto con claridad en 2025, cuando la fotovoltaica ha batido récord anual de generación y ha elevado el peso renovable del mix, pero también han aumentado los vertidos técnicos (curtailment) y los episodios de precios muy bajos o negativos en ciertas horas solares. Es lógico: el sol produce a mediodía, y la demanda no siempre acompaña. El sistema necesita flexibilidad—baterías, gestión inteligente y refuerzos de red—para que la energía solar sea útil cuando hace falta y donde la red la acepta. España, además, ha visto picos de energía renovable no integrable cercanos al 10–11% durante el verano, lo que ha acelerado la conversación sobre almacenamiento e hibridación.

Mientras tanto, el marco normativo avanza. El RD 244/2019 asentó las modalidades de autoconsumo con y sin excedentes, la compensación simplificada ≤100 kW y el autoconsumo colectivo. La actualización prevista para 2026 ampliará el radio de proximidad hasta 5 km en determinados supuestos y regulará el almacenamiento distribuido y los excedentes compartidos, abriendo la puerta a comunidades energéticas más funcionales, polígonos industriales y municipios con soluciones “de barrio”. El mensaje de fondo es claro: compartir y almacenar van a ser tan importantes como generar.

Bajo este telón de fondo, una planta fotovoltaica moderna ya no es “poner paneles y listo”. Es un proceso ordenado, que arranca mucho antes de hincar la primera estructura y continúa durante décadas en la operación. Y aunque este artículo incluye partes técnicas, el mensaje principal es fácil de seguir: cuanto mejor se diseña y se opera, más se aprovecha la energía y menos problemas hay para la red y para el entorno.

Planta fotovoltaica al atardecer

Del diseño a la operación: cómo se construye una planta moderna

Todo comienza con el análisis del emplazamiento. En el lenguaje del día a día: saber cuánta luz hay, cómo calienta, cómo sopla el viento, qué sombras proyectan los edificios o la orografía, y qué accesos y condicionantes ambientales existen. Con esa fotografía se decide la orientación y la inclinación de los paneles, la separación entre filas y si conviene usar estructuras fijas o seguidores (mecanismos que orientan los paneles a lo largo del día). Esta fase, que a veces parece un formalismo, marca la diferencia entre un proyecto que rinde y uno que se frustra por pérdidas y retrabajos. (Este trabajo previo de recurso y geometría es estándar de los mejores proyectos y se refleja en las guías técnicas del propio sector y en la práctica de los principales operadores.)

A continuación llega la selección de componentes. Los módulos han vivido una revolución silenciosa: tecnologías bifaciales (captan luz por ambas caras) y n‑type como TOPCon se han convertido en el “nuevo normal”, porque producen más por metro cuadrado y toleran mejor la temperatura; en paralelo, HJT y diseños de contacto posterior muestran ventajas en rendimiento real, especialmente en climas cálidos, aunque su fabricación es más exigente. Elegir bien el panel—potencia, eficiencia, garantías y comportamiento térmico—es clave para que la planta mantenga kWh útiles año tras año.

El inversor es el “cerebro” que convierte la corriente continua en alterna y dialoga con el sistema de control. La decisión entre centralizados o string se toma por criterios de mantenimiento, redundancia y compatibilidad con el control de planta y los códigos de red. No es un detalle menor: en España, los requisitos de conexión derivados de los códigos europeos y la Orden TED/749/2020 exigen que la planta responda bien ante perturbaciones, controle potencia y reactive la tensión cuando se le pide. Hoy, elegir un inversor no es solo mirar potencia; es elegir capacidad de gobernanza sobre la planta.

La arquitectura eléctrica—cómo se conectan los paneles en strings, cómo confluyen en cajas de combinación, qué secciones de cable se usan, cómo se dimensiona la media tensión y la evacuación—determina el nivel de pérdidas aceptables y, por tanto, la producción real a lo largo del año. Si alguien no trabaja en el sector, basta con imaginar una autopista de electrones: cuanto menos atascos y desvíos ponemos, más energía llega “limpia” a la red. Por eso se hacen simulaciones de energía: estimar el rendimiento y localizar dónde conviene gastar un poco más (por ejemplo, en cable) para perder menos. Este principio simple—invertir donde se ahorran kWh—explica gran parte de la ingeniería de detalle.

La ingeniería civil sostiene todo lo anterior. Hay suelos que permiten hincado directo, otros necesitan micropilotes o zapatas; los caminos internos, los drenajes y la seguridad perimetral facilitan el mantenimiento y evitan daños por lluvias, y en cubiertas la integración con la edificación manda: hay que convivir con la estructura existente, con sus cargas y su impermeabilización. En escalas grandes, la operabilidad se planifica: accesos para vehículos, pasillos, zonas de maniobra y señalización.

La conexión a la red es el momento de la verdad. “Conectar” no es enchufar: cada planta debe certificar que cumple los requisitos técnicos (resistencia a huecos de tensión, control de potencia, respuesta de voltaje) y el método está reglado por la NTS (Norma Técnica de Supervisión) que ha implantado España. Para arrancar de forma comercial se entregan evidencias: ensayos de planta o simulaciones acreditadas, certificados de equipo y pruebas complementarias. Esta exigencia—que para los técnicos es “lo normal”—para el lector general significa algo útil: la planta se prueba de verdad antes de ponerse a producir en el sistema. Es, en esencia, una garantía para la seguridad eléctrica de todos.

Operar bien: el verdadero desafío

Con la planta ya en marcha, el partido se juega en la operación. El mantenimiento tiene tres capas: preventivo (inspecciones, limpiezas, aprietes, verificación de protecciones), correctivo (atender averías con rapidez) y predictivo, que usa datos reales para detectar derivas antes de que se conviertan en pérdidas. Hoy no basta con ver la producción; hay que entenderla: cruzar energía con irradiancia y temperatura, comparar con un modelo de referencia y distinguir si una caída de rendimiento viene por suciedad, sombra nueva, calentamiento o por consignas de red (orientación a potencia reactiva o limitaciones programadas). En sistemas con vertidos o precios negativos, el KPI ya no es solo “cuánto produjo”, sino “cuánto se integró de forma útil”. Es una mentalidad muy sencilla: producir en el momento y el lugar donde la red quiere esa energía.

La gestión de incidencias se ha profesionalizado: niveles de criticidad, tiempos de respuesta (SLA) y protocolos ante fallos de inversores o disparos de protecciones. El registro trazable de eventos y el análisis de causa raíz (RCA) evitan repetir errores. La mejora continua es parte del ciclo: ajustar limpiezas al patrón local de polvo (soiling), revisar consignas de potencia activa/reactiva para mejorar la integración, repotenciar equipos antiguos e introducir medidas de ciberseguridad OT (segmentación de redes industriales, control de identidades máquina‑a‑máquina) que hoy ya son requisito para la continuidad de servicio.

Detalle de planta fotovoltaica

Lo que viene: almacenamiento, autoconsumo colectivo y agrovoltaica

Todo lo anterior gana sentido cuando añadimos flexibilidad. Las baterías permiten guardar la energía de mediodía y usarla por la tarde o entrar en servicios de ajuste del sistema; la hibridación—FV + almacenamiento en el mismo punto de conexión—reduce vertidos y eleva el valor del kWh solar. España se ha marcado 22,5 GW de almacenamiento para 2030; a finales de 2025 se han adjudicado ayudas que añaden 2,2 GW y 9,4 GWh de capacidad adicional, con predominio de proyectos hibridados y también soluciones stand‑alone. A nivel de tramitación, hay cientos de proyectos en marcha y unas pocas plantas híbridas ya operativas: el mercado se está construyendo, con duraciones típicas de 2–4 horas que optimizan el desplazamiento horario y la prestación de servicios.

El autoconsumo vivirá su segunda ola. Más allá del doméstico o industrial, la ampliación del radio de proximidad a 5 km facilitará autoconsumo colectivo real: vecinos que comparten energía del tejado de su comunidad o de un edificio cercano, empresas de un mismo polígono que se abastecen de una planta común, o distritos municipales que complementan su demanda con producción propia y pequeñas baterías distribuidas. Es un cambio silencioso con impacto social: democratiza el acceso a la energía limpia y mejora la resiliencia local frente a picos y contingencias.

En el territorio, la agrivoltaica (convivir agricultura y energía solar en la misma parcela) ha dado un paso regulatorio que puede marcar la diferencia: se inicia su reconocimiento como superficie admisible a efectos de las ayudas de la PAC, siempre que se mantenga la actividad agraria prioritaria y se definan criterios técnicos claros. Tras años de pilotos y dudas legales, el mensaje para el medio rural es constructivo: diversificar ingresos sin perder condición agrícola y medir el éxito con productividad total de la tierra (energía + cosecha). Todavía faltan normas finas y experiencias consolidadas, pero la dirección es compatibilizar usos y multiplicar el valor del suelo.

La tecnología seguirá empujando. A nivel global, el LCOE (coste nivelado de la electricidad) de la fotovoltaica utility‑scale continúa bajando; 2025 mostró caídas adicionales y un mercado de módulos en sobrecapacidad que presiona los precios, mientras la eficiencia media comercial sube un peldaño. En paralelo, el tándem perovskita‑silicio ha superado hitos de fiabilidad a nivel módulo (ensayos IEC/UL superados) y >30% de eficiencia a escala celda; su comercialización llegará por nichos y, si confirma estabilidad en campo, puede abrir la siguiente curva de costes. No es magia: es física y fabricación avanzando de la mano.

Tecnología en evolución

Para quienes no trabajan en el sector, todo esto puede sonar complejo. La idea central, sin embargo, es sencilla y aplica tanto a una gran planta en suelo como a una instalación en cubierta o una marquesina de aparcamiento: diseñar bien, integrar bien y operar bien. Diseñar bien significa aprovechar la luz y evitar pérdidas desde el plano; integrar bien significa cumplir la normativa y dialogar con la red para producir cuando hace falta; operar bien significa cuidar la planta con datos y procedimientos para que su energía llegue al consumidor de forma útil y segura. En este camino, la digitalización no es una moda: es la forma de ver y entender lo que pasa, y traducirlo en decisiones diarias que ahorran kWh y evitan problemas.

La fotovoltaica que llega, por tanto, no pide solo EPC impecable. Pide visión de sistema: diseños que nazcan pensando en la NTS y la conexión; analytics que expliquen los kWh (no que solo los muestren); flexibilidad para que la energía solar sea útil cuando el sistema la necesita; integración con el territorio (cubiertas, marquesinas, agrovoltaica) y con la demanda local (autoconsumo colectivo en barrios y polígonos). España tiene todos los ingredientes para liderar esta fase: recurso solar, industria renovable y objetivos claros. El reto ya no es contar paneles, sino contar historias de integración bien resuelta: megavatios que se convierten en kilovatios hora útiles, al servicio de un sistema eléctrico más estable, ciudades y pueblos más resilientes y un modelo energético más limpio y competitivo.

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Como experiencia reciente, SICE se encuentra en la ejecución de un proyecto fotovoltaico estratégico para el sector agrario de Castilla y León. Se trata de una planta fotovoltaica de autoconsumo de 11,48 MWp, formada por 19.800 módulos sobre estructura hincada y una superficie de 248.335 m². La electricidad generada está destinada a alimentar el sistema de riego de la Comunidad de Regantes del Páramo Bajo. Esta actuación permitirá mejorar la competitividad y rentabilidad de las explotaciones de 6.700 profesionales del campo, que gestionan 24.000 hectáreas repartidas entre una veintena de municipios de las provincias de León y Zamora.

Planta Fotovoltaica en Castilla y León

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